Puede que la del 89 –o sea, la mía- fuera una de las últimas generaciones españolas que nacieran apadrinadas por un grupo de rock patrio. Y por los pelos. Salvo –benditas- excepciones, los de mi quinta no nacimos con un disco bajo el brazo. La inmersión en la cultura rockera vino después, en esa cosa tan antinatural, imbécil y necesaria llamada adolescencia. En los botellones tempranos, en nuestras primeras excursiones a los pubs, a los de mi generación, decía, quien nos apadrinó fue Extremoduro. Nuestro ‘Big Bang discográfico’ se llamó Yo, minoría absoluta, nos aprendimos de memoria y cantamos hasta el hastío –especialmente, el hastío paternal- himnos como “La vereda de la puerta de atrás”, “Standby” o “Puta”.
Entonces tenía trece o catorce años, y la legislación se aplicaba de un modo más laxo, y se podía fumar en los locales, y los micos repletos de acné como yo, que aún creíamos que era posible conquistar, al menos, una parcela del mundo, nos juntábamos con gente no mucho mayor que, en general, vestía camisetas negras con el logo de los Héroes del Silencio. Nosotros, cabos rasos de la noche, conocíamos a algunos de estos oficiales superiores del instituto. Los hijos de los héroes imponían. Quienes éramos más chicos les saludábamos, tomábamos un mini con ellos, hablábamos de música y, a veces, la conversación derivaba en un debate inútil, inofensivo y etílico, como el de las tertulias en prime time, pero sin cobrar: ¿qué grupo es mejor: Héroes del Silencio o Extremoduro?
En general, estos conflictos dialécticos quedaban en tablas, siendo interrumpidos por una gran canción. Por ejemplo:
–“Decadencia” es mucho mejor que “So payaso”, que es muy comercial.
–¿Qué dices? ¿Comercial Extremoduro? No tienes ni idea, tío. Mira…
Entonces, repentinos e implacables, sonaban los acordes introductorios de “Entre dos tierras” y, como si de un instinto primitivo se tratase, la masa aullaba, nos poníamos a cantar/berrear/imitar la voz de Bunbury, y el tema se zanjaba.
La del 89 –o sea, ya digo, la mía- estuvo apadrinada de un modo cuasi post-mortem por Héroes del Silencio –también por Platero y Tú-. Nos sumergimos en su mundo, en su arte, mucho después de que la banda cumpliera su ciclo vital, aunque tuvimos la oportunidad de disfrutarlos en su gira de retorno puntual, en el 2007, entendiendo, de un modo no sólo conceptual, sino también empírico y sensitivo, lo que el grupo representó, hizo y supuso en la Historia –mayúscula- del rock español, en la Cultura –de nuevo, mayúscula- nacional.
Y digo “cuasi post-mortem” porque, pese a su separación, los Héroes están más vivos que Elvis, porque sus discos aún son venerados, porque sus canciones aún se vociferan, tararean, ponen los pelos de punta o se utilizan para dejar novias. Si bien más camuflados, los hijos de los héroes aún abundan, lucen con orgullo las camisetas con el emblema de la banda y organizan homenajes a nivel mundial, como “El día H”, celebrado -en su última edición- el pasado 18 de octubre en varias ciudades de España, México, Colombia, Costa Rica o El Salvador. Y cómo no, los Héroes cuentan con una legión de grupos tributo, como Tesoro, Hechizo, Senda o Iberia Sumergida.
En un sentido discográfico, quizá la prueba más evidente de que la banda aún vive sea Senderos de traición, un trabajo que, 25 años después de su publicación, suena tan fresco, tan intenso y tan verdadero como entonces.
Hace seis años, la revista Rolling Stone España publicó un ‘top 50’ de los mejores discos de la Historia del Rock Español. El segundo puesto fue para Senderos de traición; el primero, para Enemigos de lo ajeno, de El último de la Fila. Cuantificar la calidad de un disco en un ranking es algo que queda muy bien en Twitter y en ese bizarro mundo de los récords Guiness. Las listas –por fortuna o por desgracia; ahí no me meto- no son producto de ningún ordenador de potencia interestelar que contabiliza las cualidades de una obra, sino por personas con sus opiniones, sus gustos, sus recuerdos y sus hipotecas. Desde mi legítima subjetividad, yo voy un paso más allá y digo que pocas objeciones se me podrían poner sobre la mesa cuando afirmo que Senderos de traición, casi un cuarto de siglo después de su venida –oficial- al mundo, es el disco clásico de rock español que goza de mejor salud.
Entiéndase “salud” por pulso, por respiración, por vida. Compruébese todo esto en la intimidad, en la casa de uno o en un viaje de automóvil. Desde su trepidante arranque con “Entre dos tierras”, una pieza que aún rompe cadenas y escuece; pasando por “La carta”, que sigue conmoviendo al reflejar la distancia irremediable entre dos personas condenadas a no entenderse; “Maldito duende”, ese nebuloso, mágico y perfecto viaje la fin de la noche; “Senda”, una arenga firme que invita a seguir un camino propio, o el cierre warholiano de “El cuadro II”. Compruébese en los bares y en los pubs de rock&roll, especies menguantes del espectro urbano: cuando el pinchadiscos pone “Entre dos tierras” y/o “Maldito duende”, en estos sitios tiene lugar una especie de eucaristía laica y musical en la que la gente entra en una especie de trance extasiado y mágico. Y compruébese en los conciertos del propio Bunbury: en la gira de Las consecuencias, el artista incluyó en su repertorio “Senda”, y más recientemente, en su gira con Calamaro en México, interpretó junto al argentino “Maldito duende”. Imagínense –o recuerden, si alguien asistió- a 30.000 personas dejándose la voz y el alma en el Foro Sol de México DF con esa pieza. La postal debió ser impresionante.
Una vez expuesta la demostración empírica, cabe preguntarse a qué se debe esto. Por qué Senderos de traición funciona, 25 años después de su publicación, ya digo, tan de maravilla. Por qué tiene la etiqueta de “clásico”, no entendiéndose el adjetivo como algo cañí, sino como el vocablo que utilizamos al referirnos, por ejemplo, al “Heroes” de David Bowie o al Raw Power de The Stooges.
Es evidente que el talento de Bunbury, Valdivia, Cardiel y Andreu, sumado al de Phil Manzanera, conforman el primer –y más importante- sustrato de la respuesta. Versos como “Y dejemos los besos para los enamorados / y pensemos en lo nuestro / que por eso te he pagado” (“Con nombre de guerra”), “Te puedes vender, / cualquier oferta es buena / si quieres poder” (“Entre dos tierras”) o “Nunca podré saber / si la cruz es salvación” (“Decadencia”) poseen un nivel literario que escasea en las bandas actuales. Versos que canta Bunbury como nadie, exhibiendo un torrente vocal poderoso e inimitable, conjugando sabiduría, actitud y arte. Por otro lado, pocos riffs y solos de guitarra son tan reconocibles como el de “Entre dos tierras”, “Maldito duende”, “La carta” u “Oración”. La base rítmica que sustenta las canciones es contundente e impecable. Y, por supuesto, cabe destacar el trabajo de producción, que fue el que todo grupo de rock quisiera para su obra.
Como todos sabemos, Héroes del Silencio publicó más discos y, sin embargo, ningún otro trabajo de la banda posee el aura envolvente y especial de Senderos de traición. Quizá la respuesta la encontremos en Sabina, quien en una entrevista declaraba que “una canción debe tener una buena letra, una buena música y algo más. Ese algo más nadie sabe lo que es, pero es lo que hace única a una canción”. Traslademos ese razonamiento a Senderos de traición, un disco con buenas letras, buena música “y algo más”, y quizá, entonces, entenderemos mejor su vitalidad, su magia y, en definitiva, su arte. Los Héroes también apadrinaron a los de mi quinta y siguen apadrinando a los jóvenes que, por todo el mundo, aman su música. Eso sí, lo hacen en diferido.