Aún faltaba una hora para que se abrieran las puertas del anfiteatro de Lanuza y cientos de fans ya esperaban ansiosos para coger las mejores posiciones. Bunbury sigue generando esa admiración de superestrella del rock, ídolo de masas, seguramente la más auténtica que hemos tenido en España en las tres últimas décadas. Siempre con ganas de innovar, de jamás repetirse, y ser siempre fiel a nadie más que a sí mismo, regresó al mismo escenario en el que arrasó hace 16 años, cuando presentó esa joya llamada "Pequeño" y que le confirmó como el gran músico que es, mucho más que el ex cantante de Héroes del Silencio.
Ya sólo faltaba media hora para que Bunbury saliera a escena y el anfiteatro ya estaba a medio aforo; con los nervios floreciendo entre el público, aferrándose a las primeras filas que tanto les ha costado conseguir. Llegó la hora, silencio sepulcral roto al momento por los aplausos de casi 5.000 personas. La estrella aragonesa ya estaba en el escenario, dispuesta a hacer un completo repaso a toda su discografía, como ha reflejado en su último trabajo, "El libro de las mutaciones". Ahora sólo cabía esperar cuáles habían sido las elegidas para esta noche. Cada uno tenía sus favoritas. Algunos prefieren al Bunbury rockero, otros al trovador, pero nadie sabía exactamente cómo iba a ser el lavado de cara que iba a dar al setlist.
"Iberia sumergida" fue la escogida para abrir una noche que se presentaba como la más importante de la XXV edición de Pirineos Sur. Con esta elección quiso dar un doble golpe de autoridad: confirmar que ya no teme a su pasado con Héroes del Silencio, que ya no tiene absolutamente nada que demostrar, y que iba a complacer con creces a sus fans. Su siguiente movimiento resultó tan estudiado como acertado: un regreso a sus comienzos como solista ("El club de los imposibles") y una reivindicación a su presente ("A mis alas dos clavos" y "Los inmortales").
La presencia del repertorio de Héroes del Silencio no fue un espejismo. "El camino del exceso" y "Avalancha" volvieron a enloquecer al abarrotado anfiteatro. No sonaron tal y como fueron compuestas. Bunbury es un artista que hace de la mutación un arte (es imposible que oculte su admiración por el desaparecido David Bowie) y apostó por un lavado de cara profundo, con más adornos instrumentales en las composiciones, un sonido más orgánico y un espíritu menos anglosajón, más latino y mediterráneo.
Precisamente ese sonido lo llevo a las máximas consecuencias cuando recuperó el espíritu de hace 16 años con las maravillosas "El extranjero" e "Infinito", con acordeón incluido. Aunque no tardó en regresar al rock eléctrico con "Despierta", "Mar adentro" y "Maldito duende", con las que la comunión entre artista y público llegó hasta el paroxismo.
Se despidió con otro himno de su etapa en solitario, "Lady Blue", para añadir una esperadísima "Chispa adecuada" en los bises. Ya poco le quedaba por demostrar, pero aún con un importante catarro que le causó unas molestias, no quiso acomodarse. Soltando puñetazos al aire, arengando al público, regalando poses imposibles a los fotógrafos, haciendo gala de todo el carisma que le caracteriza… así hasta el final con dos medios tiempos ("De todo el mundo" e "… Y al final") que sirvieron como dulce y lenta despedida.
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